La gente piensa que tengo los ojos tristes

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Lee íntegramente la obra de Henry Rojas Rojas, ganador del primer lugar en la categoría Narrativa Docente del certamen Letras Magisteriales, impulsado por el Colegio de Profesoras y Profesores de Chile.

La gente piensa que tengo los ojos tristes es el relato con el que el profesor y escritor santacruzano Henry Rojas Rojas, conocido literariamente como Hank Ravello, obtuvo el primer lugar en la categoría Narrativa Docente del certamen Letras Magisteriales.

La obra entrelaza memoria, educación y experiencias recogidas a lo largo de su vida, construyendo una historia en torno a las oportunidades, la esperanza y el papel que puede asumir un profesor frente a las distintas realidades que conviven dentro de una sala de clases.

El relato forma parte del libro Letras Magisteriales, publicación que reúne obras de docentes de distintos puntos del país y que fue presentada recientemente en Santiago.

Con autorización de Henry Rojas, En Colchagua publica a continuación la obra íntegra para que pueda ser leída por nuestra comunidad.

¿Quieres conocer la historia detrás de este reconocimiento?
Lee nuestra entrevista y nota completa sobre Henry Rojas.


La gente piensa que tengo los ojos tristes

Henry Rojas Rojas — Hank Ravello

A mi amigo Marcos

—Esa es mi tarea, profe —dijo Jordan, entregándome un cuaderno mal borrado con su autorretrato.

Había estado ocho años trabajando en una institución privada. Mi llegada al sistema público era reciente, y aunque muchos me advirtieron que era un entorno hostil, yo no lo sentía así. En esas primeras semanas mi idea era simple: acercarme a los estudiantes con ejercicios prácticos, que nos permitieran conocernos sin máscaras, sin rigidez.

El título del trabajo me llamó la atención: “La gente piensa que tengo los ojos tristes.”

—¿Eso cree la gente, Jordan? —pregunté en voz alta, leyendo las palabras sobre la hoja.

—Legal, profe —respondió encogiéndose de hombros—. Pero na’ que ver, yo siempre miro así nomás.

Sonreí. Pero algo en sus ojos grises me dejó pensativo. Había una melancolía allí, una especie de sombra que reconocí sin querer. Esos ojos… juraría haberlos visto antes, en otro tiempo, en otro rostro.

Me quedé absorto, recordando mi infancia en la población Gabriela Mistral (curioso nombre, pensé después). En aquellos años, sin importar el estatus social o los estudios de los padres, todos éramos iguales cuando el balón rodaba por la calle. Jugábamos la pichanga sagrada de tres a seis, todos los sábados y domingos.

Entre ellos estaba Marcos, un chico de mi edad, arquero incansable, de reflejos rápidos y sonrisa fácil. Crecimos juntos, soñando con ser futbolistas, “todos íbamos a ser reyes”, héroes de algún campeonato que nunca llegaba. Pero las condiciones, la vida misma, nos separaron sin aviso.

Dentro de la misma población, algunos se volvieron doctores, otros uniformados, y varios se quedaron a medio camino. El flagelo de la droga pasó por encima, borrando sueños, torciendo destinos.

A los quince, las pichangas comenzaron a mezclarse con cervezas Dorada, cigarros Belmont de a diez, y menos puntualidad. Marcos ya no corría tanto detrás del balón; prefería la esquina y las risas roncas del humo.

Fue ahí cuando noté sus ojos por primera vez. Eran grises, cansados.

—La gente siempre piensa que estoy enojado, flaco —me dijo una tarde—. Pero no, es que miro así nomás.

Recordé esas palabras muchos años después, al ver los mismos ojos en el rostro de Jordan.

A los veinte, yo había descartado mi sueño de ser futbolista. Decidí estudiar Lenguaje; quería ser profesor. En Valparaíso, entre los cerros y el ruido del puerto, aprendí que enseñar también podía ser una forma de resistir.

Un verano, volviendo al barrio, me crucé con Marcos en la esquina de siempre.

—Buena, profe —me dijo con una sonrisa ladeada—. Te ha ido bien, ¿ah? ¿No tení un puchito que me dis?

—Hola, Marcos. Me quedan estos —respondí, sacando un cigarro del bolsillo. Había dejado de fumar, pero sentí la necesidad de quedarme un rato, conversar.

—¿Y los cabros? —preguntó—. ¿El Guille, el Darío?

—Ah, esos cabros eran cabezones. Estudiaron ingeniería, creo… Respondí.

— Y tú, profe, po. Siempre te gustó estudiar. Yo no tengo mente pa’ eso —dijo, soltando una carcajada vacía.

Mientras el humo se desvanecía, algo en su rostro cambió. Vi la necesidad, el desvelo, el miedo.

—Dame una luca, hermano, es pa’l vicio —me pidió.

No lo juzgué. Solo accedí. Pero un nudo en la garganta me apretó hasta doler.

Me acompañó hasta la puerta de mi casa. Cuando entré, me di cuenta de que mi bicicleta, la que dejaba afuera desde niño, ya no estaba. No sentí rabia. Tampoco miedo. Solo una tristeza antigua, como si algo en mí se hubiese roto del todo.

A los veinticinco, en mi primer año de trabajo como profesor, pensé que había perdido todo rastro de Marcos. En la población Gabriela Mistral todos habíamos crecido de maneras distintas, cada uno en su mundo, en su propia batalla. Hasta que un allanamiento confirmó lo que muchos temíamos: armas, drogas, peleas.

Esa mañana, salí a la calle y vi la casa de su familia desmantelada, las ventanas rotas, los vecinos mirando desde la esquina. Y entre las fotos del diario comunal, allí estaban otra vez sus ojos grises, esta vez sin esperanza.

Una lágrima me dio la razón. Ya no volvería a ver a mi amigo. No habría más pichangas, ni risas, ni tardes de sol en la cancha de tierra. La vida era cruel. Los ojos tristes siempre se hacían notar.

Volví al presente. Jordan seguía frente a mí, con su cuaderno abierto y la mirada perdida.

—Profe, se quedó pegao —me dijo, sonriendo con algo de timidez.

—Ah, sí —respondí, saliendo de mis pensamientos—. Jordan, está bien la composición. Solo unos tildes y podrías agregar más detalles en la descripción. Pero está muy bien.

—Vale, profe… Usté es buena tela. Ojalá nos siga haciendo clase.

Sonreí. Había algo en sus palabras que me desarmó. Tras esos supuestos ojos tristes, vi algo que Marcos había perdido hacía mucho tiempo: esperanza.

—Jordan —le dije mientras le devolvía el trabajo—, lo que digan los demás no te define. No estás triste ni enojado, solo que la gente a veces ve lo que quiere ver.

Él sonrió. Era evidente: tenía todo por delante. Solo cursaba segundo medio, y si seguía viniendo a clases, si encontraba un entorno que lo motivara, podría cambiar su destino.

Esa jornada laboral fue distinta. Mientras corregía cuadernos y pensaba en las pruebas, algo dentro de mí cambió. Comprendí que no se trataba solo de enseñar gramática o literatura. Era algo más profundo.

Si bien había perdido a Marcos, no podía permitir que la historia se repitiera. Mi oportunidad era ahora, con todos los Jordan que llenaban los pasillos del liceo.

Pensé en ellos: los que vienen de las poblaciones con nombres de poetas, los que crecen entre el ruido y la carencia, los que esquivan los flagelos del entorno. Esos que a veces esconden su dolor detrás de una risa o un gesto de indiferencia. Los que la gente juzga con rapidez, los que “tienen los ojos tristes”.

Esa noche, en casa, abrí el cuaderno donde suelo anotar reflexiones de mis clases. Escribí:

“Enseñar no es salvar, pero a veces enseñar es evitar una caída.
Enseñar es mirar a los ojos y decir: todavía hay tiempo.”

Recordé las palabras de Gabriela Mistral, la que daba nombre a mi antigua población: “Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.”

Quizás era eso. En cada aula hay un árbol esperando ser plantado, una historia esperando su segundo intento.

Al día siguiente, Jordan volvió con su cuaderno corregido. Había reescrito su texto, agregando más detalles.

“La gente piensa que tengo los ojos tristes, pero en verdad estoy cansado.
Mi mamá llega tarde, y a veces me quedo cuidando a mi hermanita.
En el colegio me gusta dibujar. A veces sueño que viajo en bus y veo el mar.”

Leí en silencio. Cuando levanté la vista, él esperaba mi reacción.

—Está muy bien, Jordan. Lo hiciste excelente.

—Gracias, profe. Lo hice con más ganas.

No supe qué más decir. Pero esa tarde, al salir del colegio, el aire me supo distinto. Más liviano.

Mientras caminaba por el patio, pensé en cuántos Jordan había, invisibles, buscando una oportunidad para contar su historia. Pensé en Marcos y en la cancha de tierra, en la pelota vieja, en los días que no vuelven.

Quizás enseñar era eso: tender un puente entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser.

Desde entonces, cada vez que veo unos ojos tristes, ya no pienso en derrota. Pienso en resistencia. En la posibilidad de volver a empezar.

Al final del semestre, Jordan me entregó un dibujo. Era un retrato: un profesor con una sonrisa leve, sosteniendo un cuaderno. Abajo, escribió:

“Gracias, profe. Ya no me dicen que tengo los ojos tristes.”

Me quedé en silencio, con un nudo en la garganta.

Pensé en Marcos, en todos los que se quedaron en el camino. Y comprendí que, de alguna manera, enseñar era seguir buscándolos. Era no dejarlos caer del todo.

Esa tarde, mientras el sol se escondía tras los cerros, supe que mi lugar estaba ahí, en ese liceo público, entre los cuadernos arrugados, las miradas cansadas y las historias que aún pueden escribirse.

Porque a veces, basta una clase, una palabra o un gesto para encender una chispa.

Y entonces lo entendí: la esperanza también se enseña.


Sobre el autor

Henry Rojas Rojas, conocido literariamente como Hank Ravello, es profesor y escritor santacruzano. Su trabajo literario ha abordado la memoria local, el mundo rural y la educación.

Su relato La gente piensa que tengo los ojos tristes obtuvo el primer lugar en la categoría Narrativa Docente de Letras Magisteriales y actualmente forma parte del libro del mismo nombre.

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Lee nuestra entrevista y nota completa sobre Henry Rojas en En Colchagua.

1 comentario en “La gente piensa que tengo los ojos tristes”

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